MARÍA DEL MAR GÓMEZ GUERRA

MI UNIVERSO LITERARIO


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¿CUÁNTO LEEN LOS NIÑOS?

 

La lectura, como actividad lúdica, ha experimentado un indudable crecimiento en los últimos años entre los más jóvenes. Así lo pone de manifiesto el Anuario Iberoamericano que edita SM. Esta circunstancia la ratifica, asimismo, el estudio de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España, hasta el punto de que más de un 90% de la población mayor de 14 años se declara lectora. Y en el tramo situado entre 10 y 13 años, los niños admiten leer un libro por semana.

Leer un cuento a los niños cada día o regalarles un libro en las ocasiones especiales son algunos de los primeros pasos que los padres pueden dar para inculcar en sus hijos el gusto por la lectura.

Consejos para fomentar al amor a la lectura entre los más pequeños.

Leer un poco cada día: se debe empezar desde que son bebés y dotar al momento de lectura de atractivo e intimidad para que el niño lo asocie siempre con una actividad placentera.

Explorar el libro: identificar las diferentes partes del libro: (portada, contraportada, índice y prólogo).

Construir su primera biblioteca: crear sus primeras colecciones de cuentos.

Visitar librerías: descubrir un amplio abanico de cuentos adaptados a su edad.

Sacarle el carné de la biblioteca: podrá elegir los que más les gusten y cambiarlos por otros una vez haya disfrutado de ellos.

De padres lectores, hijos lectores: los niños imitan a sus padres, por tanto, si ven que ellos leen  de forma habitual, es más que probable que repitan su comportamiento.

 

RESPETAR LOS LIBROS

Establecer estas sencillas pautas favorecerá que los niños aprendan a respetar a sus nuevos compañeros de aventuras:

Asegurarse de tener las manos bien limpias antes de coger los cuentos.

Tratarlos con “mimo” para evitar que se deterioren.

No escribir ni garabatear en sus páginas.

Buscar un lugar tranquilo y acogedor para disfrutar con su lectura.

Guardarlos en un lugar adecuado.

 

 

 

 

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LOS MÉDICOS RECOMIENDAN LEER EN VOZ ALTA A LOS NIÑOS

Estudios científicos demuestran que la mayor parte del cerebro se desarrolla en los tres primeros años de vida del niño. De ahí que los pediatras de Estados Unidos recomienden a los padres leer cuentos a sus hijos desde el momento de su nacimiento.

Este sencillo ritual proporciona múltiples beneficios en los niños:

El escuchar cuentos les hace más reflexivos, ya que en éstos siempre encontrarán un mensaje que los lleve a comprender la forma en que deben actuar y comportarse, a saber distinguir entre lo bueno y lo malo.

Les ayuda a combatir sus propios temores. En muchos de los cuentos el niño se puede identificar con las emociones de los protagonistas, y el conocer el desenlace y lo que le va ocurriendo a lo largo de la historia, supone tener argumentos para afrontar sus propios miedos, con una sensación de mayor control.

Es una de las bases más importante para su desarrollo intelectual, al contarle una historia podemos lograr que entienda las cosas con más rapidez, que su cerebro trabaje con mayor certeza.

Contribuye a estimular su memoria e imaginación.

Fortalece las relaciones con sus progenitores. El niño se siente feliz porque sus padres están con él, dedicándole tiempo, contribuyendo a ganarnos su confianza para que así como nos cuentan sobre las cosas cotidianas que les suceden también sobre situaciones difíciles que estén viviendo, pudiéndolos orientar y apoyar.

Fomenta la lectura y el amor por los libros, ya que el interés que les despiertan las historias mágicas y llenas de aventuras, aumentan sus ganas de conocer más relatos.

El niño aprende más palabras, su vocabulario es más amplio y este aspecto le ayudará muchísimo posteriormente, porque podrá leer mucho mejor y por consiguiente tener un mejor desempeño escolar.

Aprenden a escuchar y poner atención, elementos muy necesarias para un buen aprendizaje.

Es una medida muy efectiva para tranquilizar a los niños sobre todo cuando los vemos muy inquietos y/o ansiosos. Les ayuda a conciliar el sueño, favoreciendo un sueño reparador.

Los cuentos son una herramienta maravillosa para adquirir conocimientos sobre los animales, colores, números, la historia y la vida cotidiana, de una forma amena y divertida.

 

 


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CUENTOS DE LA ABUELA CARMINA

El pasado 11 de diciembre presenté en El Ateneo de Santander mi último libro: “Cuentos de la abuela Carmina”. Una tarde entrañable en compañía de familiares y amigos. Gracias a todos/as por vuestras sinceras muestras de cariño.

Actualmente podéis encontrarle en las principales librerías de Santander, Torrelavega, Bezana, Maliaño, Renedo de Piélagos, Cabezón de la Sal, Meruelo, Laredo, Santoña y en El Corte Inglés.

Como el libro es viajero también podéis encontrarle en la librería “Centro”de Zaragoza.

Como aperitivo os invito a conocer las aventuras de un niño al que se le rompió  Wii y no sabía divertirse.

¡Disfrutad!

EL VERANO MÁS DIVERTIDO

Érase una vez un niño delgado, de tez bronceada y cabellos desordenados; pasaba las horas absorto, con las mandíbulas apretadas y la mirada fija en la pantalla de la videoconsola.

Cuando sus padres le dijeron que irían a vivir a casa de los abuelos, Quique frunció el ceño. Una cosa era ir a comer los domingos y otra, muy distinta, quedarse para siempre.

Los yayos, como él los llamaba, vivían en Torrelavega, en un piso pequeño, sin ascensor; peor aún, no tenía piscina.

Cuando llegaron, la abuela le acogió entre sus brazos y le achuchó como hacía siempre. El niño se escabulló en cuanto pudo. No entendía esa afición a besarle hasta dejarle sin aliento. El abuelo sonrió y, cogiéndole por los hombros, le acompañó hasta el que sería su nuevo dormitorio.

  • Dormirás aquí. ¿Te gusta?

Quique recorrió el cuarto con una mirada rápida e hizo una mueca. No tenía nada que ver con el que había sido su dormitorio hasta ahora. Los muebles eran feos y la cama tenía un edredón azul, con un cojín descolorido, del año de Maricastaña. Menos mal que había una mesita para poner la consola. Eso era primordial.

Los días siguientes su papá hacía los recados; mientras tanto, su mamá ayudaba a la abuela en las tareas de la casa.

—Quique, ¿vienes a jugar al parque? —preguntó el abuelo.

—No, prefiero jugar con la Wii.

— ¿No te aburres, siempre con ese cacharro?

— No es un cacharro, es un videojuego —respondió el niño con notable enojo.

El abuelo estaba preocupado. No era bueno para el chiquillo estar solo; los niños deben relacionarse con otros niños. Y rememoraba el pasado, cuando los chavales se divertían con cualquier cosa. Sin embargo los de ahora no mostraban interés por nada.

Apenas habían transcurrido un par de semanas cuando un domingo, después de comer, Quique salió de su cuarto dando voces:

— ¡Papa, mamá! La Wii no funciona.

Y corrió hacia sus padres con la consola entre las manos. Durante un buen rato intentaron repararla, mas todos sus esfuerzos fueron en vano.

Optaron por acudir al establecimiento donde lo compraron.

Cuando el técnico dijo que no llevaba arreglo, a Quique le cambió la cara.

— Tendrás que arreglártelas sin el videojuego —sentenció su progenitor.

  • ¿Por qué, papá? Yo quiero la Wii.

Su padre le explicó que se había quedado sin trabajo y por eso se habían mudado a casa de los abuelos. No disponían de dinero para comprar otra consola. Tendría que acostumbrarse.

— Todos los niños la tienen. ¿Es que ahora somos pobres?

—Tenemos lo suficiente para vivir; pero habremos de suprimir algunos gastos superfluos. Somos muy afortunados por tener una familia unida y un plato de comida caliente en la mesa. Por desgracia, hay mucha gente que vive en la indigencia.

A Quique le importaba un pimiento disponer de cama donde dormir o de un techo para cobijarse; lo primero era la videoconsola.

En las semanas siguientes, el niño se mostró huraño. Protestaba por todo, daba malas contestaciones y desobedecía. Agotadas todas sus argucias, no tuvo más remedio que aceptar que no volvería a tener un videojuego, al menos de momento.

  • Yayo, me aburro.

El abuelo sonrió y le acarició el cabello.

  • Ven, voy a enseñarte algo —dijo, dándole de la mano.

Se dirigieron al cuarto de estar. El hombre abrió la puerta de uno de los armarios. Todo estaba muy ordenado. Cogió una caja rectangular, situada sobre la segunda balda, y la abrió. En su interior había varios libros y cuadernos. A pesar del paso del tiempo, se conservaban en buen estado.

Con un halo de nostalgia en la mirada, el abuelo contó:

—Yo fui al colegio José María de Pereda. Me gustaba mucho estudiar. Siempre cuidé los libros. Todavía guardo algunos de ellos.

Tras unos segundos, prosiguió hablando:

— Mira, este es “el catón”, el primer libro que tuve cuando empecé a la escuela; con él aprendí a leer. Aquí está la “Enciclopedia Álvarez”; con ella estudié gramática, geometría y matemáticas, además de historia universal. En aquella época no era como ahora, que tenéis un libro para cada asignatura.

  • ¿Te ponían muchos deberes para hacer en casa?

—No, no teníamos demasiadas tareas; pero teníamos que ayudar a nuestros padres, hacíamos los recados y cuidábamos de nuestros hermanos. Yo, incluso, trabajé en una tienda de comestibles, llevando los encargos a los domicilios de los clientes.

Quique los miró, extrañado y admirado. Le gustaban aquellos libros, tan diferentes a los de hoy.

  • ¿A qué jugabas cuando eras un niño, yayo?

—Verás, cuando yo era pequeño no había maquinitas como esas que tienes tú, ni ordenadores, pero lo pasábamos muy bien. Al salir de la escuela nos reuníamos en los solares en los que posteriormente edificarían viviendas, y nos divertíamos con al aro y la trompa.

  • ¿A qué…? —preguntó el chiquillo, sorprendido.

—Al aro, el cual obteníamos del fondo de un cubo o del de un tonel; pero también valía la rueda de una bicicleta. Rodábamos el aro por el suelo ayudados por una vara de metal, que se llamaba guía. Marcábamos un recorrido para ver quien llegaba antes. Teníamos que competir sorteando varios obstáculos.

  • ¿Y que era la trompa?

El hombre tomó otra caja, más pequeña que la anterior y sacó un juguete de madera en forma de pera. En el rabillo tenía un clavo de hierro redondeado y en la cabeza una corona. A continuación extrajo de la misma caja un cordel de cáñamo.

  • Ahora verás.

El abuelo trazó un círculo en el suelo e introdujo en él unas cuantas monedas.

— Antiguamente, en lugar de monedas plantábamos las chapas de las botellas.

A continuación enrolló la cuerda y lanzó la peonza al suelo, de adelante atrás, con un tirón rápido y enérgico.

La trompa comenzó a bailar.

— El juego —aclaró el abuelo— consiste en sacar las monedas del redondel arrastrándolas con el jaretón de la peonza.

— ¡Qué divertido! — exclamó el niño.

— También jugábamos a pescar.

  • ¿A pescar en el río?

El anciano sonrió, divertido.

— No. Formábamos grupos y competíamos uno contra otro, evitando que el contrario nos cogiera o tocase, para no quedar eliminados Y por supuesto, al fútbol —añadió.

  • ¿En qué equipo?

— En el mejor equipo, el “Pereda”. Celebrábamos campeonatos contra rivales importantes, entre ellos las “Escuelas de Barreda”. De aquellas competiciones salieron futbolistas muy buenos, que llegaron a jugar en la Gimnástica; alguno de ellos fue internacional.

— ¡Qué guay! —exclamó Quique.

— Incluso había maestros que nos enseñaron a practicar al frontón. A falta de otro lugar más adecuado, practicábamos contra las paredes del colegio.

El abuelo cogió otra caja del armario y sacó unas fotografías en blanco y negro.

— ¿De quién son esas fotos? —preguntó Quique, ávido de curiosidad.

El anciano se las fue mostrando, a la vez que explicaba:

— Cuando yo era niño, mi padre comenzó a trabajar en una empresa que se llamaba SNIACE. Era una fábrica dedicada a la producción de celulosa y papel, que cuando se instaló dio trabajo a miles de personas. Por ese motivo, “La inmobiliaria Montañesa” construyó el que ahora es nuestro barrio. La primera casa tenía tres portales; en dos de ellos había veinte pisos, y en el otro diez. Enseguida se habitaron, y en algunos de ellos convivía más de una familia. Todos los niños del vecindario éramos amigos y nos divertíamos en la calle hasta la hora fijada por nuestros padres para recogernos.

— ¿Qué más cosas te gustaba hacer cuando eras pequeño?

— Me gustaba mucho ir al circo. Cuando se instalaba en el barrio, mis amigos y yo acudíamos a ver cómo se montaba. Esperábamos, ansiosos, el día en que veríamos el espectáculo. Me entusiasmaban las atracciones de los animales; pero, sobremanera, las parodias de los payasos.

— ¿Me llevarás este año a las ferias, yayo?

—Pues claro, acudiremos al circo y en las fiestas de Torrelavega nos subiremos a todas las atracciones, iremos a la tómbola y practicaremos en la caseta de tiro.

El chiquillo se mostró muy ilusionado.

Era la hora de comer. Entre ambos guardaron los libros, las fotografías y la peonza en sus cajas respectivas; recolocando cada una de ellas en su lugar.

Una vez hubieron terminado, el niño pidió a su abuelo:

— ¿Me enseñarás esos juegos a lo que tú te divertías?

  • Por supuesto que sí.

Esa tarde se entretuvieron con las canicas, las carreras de chapas y algún que otro juego que el anciano inventara con sus amigos de la infancia.

Al día siguiente fueron al río Indiana, travesearon tirando piedras, a ver quién las lanzaba más lejos e hicieron carreras de barcos con trocitos de madera.

Quique se divirtió como nunca antes. Hasta pillaron una mojadura, lo que les ocasionó una reprimenda al llegar a casa, pero se sentían felices. Sin duda, ese fue un verano muy divertido.

Cuando llegó el comienzo del nuevo curso escolar, Quique conoció a sus nuevos compañeros, entre los que hizo muy buenos amigos. Cada tarde, al salir del colegio, trasteaban en el patio, mientras merendaban.

Se aproximaba la Navidad. El abuelo se acercó al chiquillo con un sobre en la mano.

—Te he traído una carta para que la escribas y se la envíes a los Reyes Magos.

— ¡Yupi! —exclamó—. La quiero escribir contigo.

— ¿Qué vas a pedir este año, un videojuego?

El niño le miró con los ojos muy abiertos. Una gran sonrisa se dibujó en sus labios, y respondió:

  • Este año quiero que me traigan unas canicas, un aro y una peonza.

Ambos rieron mientras se estrechaban en un fuerte abrazo.

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en El Corte Inglés.


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MIL DISCULPAS

Después de un tiempo alejada del blog, vuelvo a la carga.

En primer lugar quiero pedir disculpas por mi prolongada ausencia. Asuntos familiares, laborales y  personales me han ocupado todo el tiempo, si bien es cierto que he publicado algunas novedades en Facebook.

Así mismo quiero dar las gracias a todas las personas que tan amablemente han comentado en las redes sociales.

He vuelto con renovada energía para compartir con vosotros todas las novedades literarias que forman parte de mi día a día.

En breve dispondré de una página web con artículos, opiniones, novedades literarias y mucho más. Estoy muy ilusionada con este nuevo proyecto. Espero que sea de vuestro agrado.